La luz fría de la mañana no trajo consigo remordimientos ni resacas emocionales. Cuando Victoria se miró en el espejo del inmenso baño de mármol negro, la mujer que le devolvió la mirada ya no era la prisionera asustada que contaba los días para escapar. Sus ojos, antes llenos de un terror perpetuo, ahora brillaban con una lucidez gélida. Las marcas moradas en su cuello y las tenues huellas de los dedos de Aleksei en sus caderas no parecían hematomas; eran medallas.
La metamorfosis se había com