Punto de vista de LailaEntonces, un recuerdo emergió, cristalino y doloroso en su viveza.Conocí a Vanessa en aquel mugriento bar de mala muerte donde apenas subsistía, seis años atrás. Con un embarazo avanzado, estaba desesperada por cualquier empleo que pasara por alto mi condición.Ella estaba sentada sola a la barra. Pálida, esquelética, irradiando ese aura hueca que gritaba enfermedad terminal.—Pareces necesitar una amiga —dijo.Hablamos durante horas. Dos personas que habían tocado fondo, descubriendo un parentesco inesperado en su desesperanza compartida.Tras el traumático parto de Ava —cuando las complicaciones casi me matan—, Vanessa apareció. Visitas al hospital, regalos considerados... Consuelo cuando no tenía a nadie.Luego me contó la verdad de su diagnóstico: cáncer terminal. Le quedaban pocos meses de vida, quizá. Ambas estábamos internadas en el hospital al mismo tiempo, yo recuperándome y ella decayendo.—Se me acaba el tiempo —susurró, con la mano frágil y fría so
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