16. La risa que no debía existir
Ezra no me preguntó si quería compañía.Me preguntó si quería correr.Había una diferencia. Compañía implicaba conversación, atención, alguien que iba a notar cómo estaba y a decidir qué hacer con la información. Correr era movimiento. Aire frío. Tierra bajo las botas. La posibilidad de que el cuerpo hiciera algo útil mientras la cabeza seguía procesando el mapa, los registros, la mano herida de Caden y el olor de la sopa en el cuello de mi camisa, que había durado toda la tarde aunque ya la había cambiado.—¿Hacia el límite del bosque? —pregunté.—Si quieres.No quería exactamente. Pero tampoco quería quedarme en el edificio C con las notas de Petra sobre las fechas de la enfermería y el patrón que habíamos trazado juntas sin terminar de nombrar.Rutas de traslado.La frase seguía dentro de mi cabeza como una astilla.Fui.El bosque en la tarde tenía una calidad diferente al bosque de noche. De noche era territorio, instinto, la loba levantando la cabeza. En la tarde era solo árboles
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