Damian no discutió. Aquel límite de quince minutos se sentía como un reloj de arena dispuesto a consumir la última oportunidad que le quedaba, pero conocía su lugar. Allí dentro, en la estéril habitación del hospital, estaba la mujer que acababa de jugarse la vida para dar a luz a su propia sangre. No tenía derecho a exigir más, y mucho menos a actuar con egoísmo.
El jardín trasero del hospital permanecía envuelto en un silencio absoluto. Solo el roce de las hojas mecidas por el viento noctur