Damian permanecía sentado en el frío banco del parque después de que Livia terminara de contar su historia. El aire helado de la noche ya no significaba nada comparado con el frío que se extendía por todo su cuerpo, congelándole hasta la sangre. Mantenía la cabeza profundamente inclinada, sostenida entre las palmas de sus manos, que temblaban sin control. Sus dedos se aferraban con fuerza a su propio cabello, como si ese dolor físico pudiera distraer, aunque fuera un poco, la devastación que desgarraba su pecho. Saber que su trágica separación había sido causada por un enorme malentendido cuidadosamente orquestado, sumado a la amarga realidad de que su propia hija, la hija a la que jamás había podido cuidar, consideraba a otro hombre como su padre, hizo que Damian sintiera que se rompía en mil pedazos. El mundo que había construido con arrogancia y poder se derrumbó de golpe, dejando únicamente los afilados escombros del arrepentimiento. Un arrepentimiento inmenso. Un arrepentimient
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