―Mi pequeño, no creo que… ―trató de decir, de advertirme para que me detuviera.Hirvió, la lujuria se apropió de su piel, mis dedos en su pecho se tensaron con la elevación de la temperatura. Su rostro se sonrojó, sus mejillas encendieron su pálida tez, así como sus labios se hincharon gracias a la retención de sus lloriqueos.Pero no me detuve, no podía, no quería.El pene me palpitó. Estaba muy empalmado.Se tapó la boca con fuerza y sus ojos se desviaron, no pudo sostenerme la mirada tras adivinar lo que se escondía en mis pupilas.Sonreí y espoleé su areola con la lengua. La miel cayó en mi boca y gruñí.―Mi bebé…, deberíamos… detenernos ―musitó entre gemidos cortos.Bramé por lo bajo, sin retroceder, sin ceder, porque supe, por su mano enmarañada en mi cabello, que no lo quería, no de verdad.Sin menguar en mi incitación, tomé su mano, la que tenía en la boca, y se la bajé a mi erección. Le hice tocarme desde los pectorales, pasar por el abdomen, hasta llegar a mi protuberante pe
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