Lloriqueó y asintió.
―No, mi pequeño, no arruines la ropa de mami ―respondió atribulada.
Sus dedos se enredaron con mi cabello y se abrió de piernas para que me pegase más a su cuerpo. El camisón se enrolló en su cadera, mostrando sus braguitas empapadas pese a que no pude ver más allá de su humedad.
Gruñí por lo bajo, mis músculos se tensaron y apreté la mandíbula para no perder la razón y cogerla como ambos queríamos, olvidándome por completo del rol que ella misma me asignó.
―Creo que… debo