—Si llegamos tarde —dijo Alejandro con voz muy baja—, llamarán a Lucas.Nadie en el coche necesitó que se les explicara lo mal que sonaba esa frase.Ruiz pisó el acelerador con más fuerza.El SUV del alguacil zarpó por la curva estrecha de Puerto Norte, adelantando a un camión de pescado, dos motos y una furgoneta de verduras que pitó largo porque casi la rozan.Helena miró el reloj del salpicadero.—Las ocho y veinticuatro.Seis minutos.Seis minutos para llegar al juzgado federal, entrar en la sala de audiencia, entregar las pruebas y evitar que el nombre de un niño de cinco años fuera llamado de nuevo a la sala.Isabella sostenía el sobre marrón y la memoria USB con tanta fuerza que el papel se doblaba ligeramente.—¿Y si ya han empezado? —preguntó.—Si empiezan sin nosotros, pediré una prórroga forzada —dijo Helena.—¿Y si se niegan?Helena no respondió de inmediato.Porque todos sabían que esa posibilidad existía.—Haré el mayor escándalo administrativo posible —dijo al fin—. Per
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