La puerta de la cocina de la casa de Mariano Vega se estrelló contra el suelo con un estruendo ensordecedor.Ricardo se volvió.Mariano, que apenas se había levantado de su silla, palideció de golpe.Alejandro entró primero, pistola en la mano, sus ojos oscuros como navajas.—Aléjate de la mesa —dijo.Ricardo no pareció sorprendido.Claro que no.El hombre mayor giró lentamente su cuerpo, su bastón negro aún en la mano, y sonrió levemente como un anfitrión que acaba de recibir visitantes no deseados.—Siempre llegas tarde —dijo.—Y tú siempre hablas demasiado —respondió Isabella mientras entraba por su izquierda.Sus ojos cayeron de inmediato sobre un sobre delgado de color marrón sobre la mesa.Ese debía ser la copia.Tenía que serlo.Ruiz recorrió la habitación con su pistola.—Las dos manos a la vista —le dijo a Ricardo.Ricardo ni siquiera le miró.Su mirada se mantuvo fija en Alejandro.—Interesante —murmuró—. ¿Así que ahora también pateas la puerta de hombres mayores por esta mu
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