La sonrisa de Ricardo Montenegro no era amplia.No hacía falta.Aquella leve curvatura de labios bastaba para que un escalofrío helado recorriera la espalda de Isabella.El anciano permanecía de pie bajo las lámparas doradas del salón.En una mano sostenía su bastón negro.Su mirada aguda se clavaba directamente en ellos, más allá del instante que unos segundos antes había quedado oculto entre los labios de Isabella y los de Alejandro.Se fijaba en la mano de Alejandro, que aún casi rozaba su cintura.En esa grieta que ahora resultaba demasiado evidente para negarla.Lo veía todo.Y, lo que era peor, lo comprendía todo.Alejandro también lo había visto.En un instante, la expresión de su cuerpo cambió por completo.El calor peligroso que aún perduraba tras el beso se apagó como una vela que se sofoca con los dedos.Lo único que quedó fue acero:frío,callado,letal.Las cámaras seguían disparando.El fotógrafo seguía sonriendo satisfecho, ajeno a todo lo demás.El equipo de comunicaci
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