«Bien», dijo Lucas.Se detuvo en el umbral del despacho con las manos en las caderas.Su expresión era tan seria que casi resultaba graciosa.«Odio que empiece una guerra sin previo aviso.»Sofía, que permanecía a su lado abrazando al Señor Bigotes, frunció el ceño.«Si es una guerra, ¿necesitaremos armaduras?»Nadie se rió.No porque la pregunta careciera de encanto, sino porque el aire de la habitación estaba tan cargado de tensión que cualquier muestra de dulzura habría hecho que todo se resquebrajara.Alejandro dejó su teléfono sobre el escritorio con suavidad.«No», respondió. «No necesitarán armaduras.»Lucas levantó una ceja.«Entonces, ¿qué necesitaremos?»Isabella miró a sus dos hijos.Dos rostros pequeños que no debían estar en medio de semejante caos.Dos niños que esa mañana solo habían deseado panqueques, el parque y cintas para el pelo.No una guerra.«Confianza», dijo en voz baja. «¿Confían en mamá?»Sofía asintió de inmediato.Lucas tardó dos segundos más.Luego asinti
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