Mundo ficciónIniciar sesión«He oído que te has casado en secreto».
La voz de Ricardo Montenegro llegaba desde el teléfono como una hoja afilada. Fría. Precisa. Mortal. Alejandro permanecía de pie en medio de la sala de estar, con el teléfono pegado a la oreja y la mandíbula tensándose poco a poco. «También me han dicho que hay dos niños en tu ático», continuó la voz. Isabella sintió cómo todo su cuerpo se ponía rígido. Alejandro la miró fijamente. No era solo una mirada. Estaba comprobando. Calculando cuánto habrían podido escuchar los niños. Al final del pasillo, la puerta de la habitación seguía cerrada. Gracias al cielo. «Tráelos a la cena familiar de esta noche, Alejandro». No hubo respuesta. Ricardo soltó una breve risa. «O iré yo mismo a buscar a mis nietos». Alejandro habló por fin. Su voz era grave. Muy grave. «Nunca amenaces a mi familia». «Entonces tráelos a las ocho». La llamada se cortó. Así, sin más. Sin despedida. Sin margen para negarse. Alejandro bajó el teléfono lentamente. El silencio reinó en la sala durante dos segundos. Entonces Isabella estalló. «No». Una sola palabra. Afilada. Definitiva. Alejandro levantó la vista. «Isa…». «No». Dio un paso hacia él. «No me digas que tenemos que pensarlo». «No me digas que es una estrategia. No me digas que es por seguridad. La respuesta sigue siendo no». «Mi padre no pide favores». «Qué bien. Porque yo tampoco se los doy». Se quedó tan cerca que Alejandro pudo ver cómo latía con fuerza el pulso en su cuello. «Mis hijos no van a presentarse ante un hombre que es capaz de amenazar a sus propios nietos por teléfono». «No permitiré que les ponga una mano encima». «¿Y se supone que debo creerte?». Alejandro sostuvo su mirada. Normalmente habría respondido con frialdad. Con lógica. Con control. Pero aquello no era una reunión de consejo. Eran sus hijos. «No me importa si me crees o no», dijo. «De todos modos los protegeré». Isabella soltó una risa breve. Amarga. «Apenas ayer te convertiste en padre. No hables como si ya fueras un experto». Aquello dio en el blanco. Justo en el punto más sensible. Alejandro lo aceptó sin pestañear. «No», dijo en voz baja. «No soy un experto. Pero sé una cosa: si no vamos, Ricardo vendrá aquí. Y no vendrá solo». Los ojos de Isabella se entrecerraron. «¿Qué quieres decir?». «Abogados. Inversores de la familia. Quizás la prensa». La mandíbula de Alejandro se tensó. «Mi padre nunca mueve una pieza si no le reporta algún beneficio». Caminó hacia la mesa y dejó el teléfono con demasiada fuerza. «Si aparece en este edificio, todo el mundo lo verá. Todo el mundo empezará a hacer preguntas. Y esta vez no serán solo los tabloides baratos». Isabella guardó silencio. Le molestaba reconocer que tenía sentido. Y le molestaba aún más que quien se lo explicara fuera Alejandro. «No voy a entregarlos a una guarida de lobos», dijo finalmente. «Yo tampoco». «¿Entonces qué hacemos?». Alejandro la miró directamente a los ojos. «Vamos. Será breve. Nos mantendremos juntos. Los niños no se separarán de nuestra vista ni un instante. Si se pasa de la línea aunque sea un milímetro, nos marchamos». Isabella cerró los ojos un momento. Un milímetro. Hombres como Ricardo no necesitaban ni eso para causar daño. Bastaba con una sonrisa. «¿Por qué quiere verlos?», preguntó. Alejandro no respondió de inmediato. Y precisamente eso le dio a Isabella la respuesta más sincera. «Porque Lucas se parece a ti», dijo con tono impasible. Los ojos de Alejandro se oscurecieron. «Sí». Aquella sinceridad debería haberle servido de algo. No fue así. En absoluto. Se oyeron pasos pequeños desde el pasillo. Lucas apareció primero. Como era de esperar. Su rostro seguía impasible, pero sus ojos mostraban una vigilancia excesiva para un niño de cinco años. Sofía salió detrás de él, abrazando a Señor Bigotes. «¿Quién viene a buscarnos?», preguntó Sofía. Maldición. Alejandro cerró los ojos por una fracción de segundo. Isabella se arrodilló primero ante los niños. «Nadie va a venir a buscarnos», dijo con suavidad. «Mamá y…», hizo una breve pausa, muy breve, «Alejandro solo estábamos hablando de una cena». Lucas miró a su madre. Luego a Alejandro. «¿Una cena con el hombre del teléfono?». No tenía sentido mentirle por completo a un niño como Lucas. «Sí», respondió Alejandro. «¿El que amenazó?». Isabella quiso intervenir. Pero Lucas fue más rápido. «Escuché lo que decía». Alejandro se arrodilló hasta quedar a su altura. «No te hará daño». Lucas lo miró fijamente durante un buen rato. «¿Porque tú se lo impedirás?». «Sí». «¿Y si es más fuerte que tú?». Alejandro estuvo a punto de decir: En esa casa nadie es más fuerte que yo. Pero no era eso lo que el niño necesitaba oír. «Aunque sea más fuerte, yo se lo impediré». Lucas asimiló aquellas palabras con mucha seriedad. A su lado, Sofía levantó una pequeña mano. «¿Es una cena elegante?». Isabella miró a su hija, incrédula. «¿Qué?». «Si es elegante, quiero una cinta azul para el pelo». Lucas se masajeó las sienes como si fuera un hombre de cuarenta años. «Hay un monstruo que quiere conocernos, Sofía». Sofía se encogió de hombros. «Aun así quiero la cinta azul». Alejandro miró a Isabella. Por un instante, la tensión entre ellos se rompió por algo que se parecía casi a un cansancio compartido. «Está bien», dijo Isabella finalmente. Su voz volvió a ser fría. «Pero con mis condiciones». Alejandro se puso de pie. «Se sentarán entre nosotros. Ningún miembro de tu personal se los llevará a otra habitación». «No habrá conversaciones a solas entre Ricardo y los niños. Tampoco fotos». «De acuerdo». «Si digo que nos vamos, nos vamos». «De acuerdo». «Y si tu padre les pone una mano encima…». «Se lo impediré». Lo dijo con tanta rapidez que no sonó como una promesa. Sonó como un instinto. La finca de los Montenegro se alzaba a las afueras de la ciudad como un palacio construido para recordar a todos quién tenía el poder. Las puertas de hierro negro se abrieron lentamente al acercarse el coche. Lucas permanecía sentado muy derecho en su asiento. Sofía se ocupaba de acomodar su cinta azul mientras miraba por la ventana con gran curiosidad. Isabella iba rígida a su lado. Alejandro estaba frente a ellos, en el asiento plegable. Ninguno de los tres habló durante los últimos cinco minutos del trayecto. Hasta que Lucas rompió el silencio. «Si ese hombre es malo, ¿puedo no quererlo?». «Sí», respondió Isabella al instante. «Claro», dijo Alejandro al mismo tiempo. Lucas asintió, satisfecho. Sofía se volvió hacia él. «¿Y si es malo pero tiene un jardín bonito?». Lucas miró a su hermana con compasión. «Te distraes con cualquier cosa». «Solo soy flexible». Alejandro notó cómo la comisura de sus labios se movía levemente. Isabella lo vio. Y eso fue suficiente para que su corazón la traicionara una vez más. Maldición. Volvió la vista hacia la ventana. La gran casa se veía cada vez más cerca. Cuanto más se acercaban al edificio, más cambiaba Alejandro. Sus hombros se endurecieron. Su mandíbula se cerró con firmeza. Su mirada pasó de ser vigilante a totalmente fría. El hombre que tenía ante ella ya no era el padre que por la mañana había preparado tortitas de forma desastrosa. Era el director ejecutivo de Montenegro. El hijo del monstruo. Y, por extraño que pareciera, aquel cambio la puso aún más nerviosa. Un sirviente abrió la puerta del coche. Una amplia escalinata de mármol blanco conducía hasta la entrada principal. Desde el interior brillaba una lámpara de araña dorada. Todo parecía majestuoso. Todo resultaba equivocado. Alejandro bajó primero. Luego extendió la mano hacia Sofía. La niña la tomó sin dudarlo. Lucas bajó por su cuenta. Como era de esperar. Isabella acababa de poner el pie en el suelo cuando la puerta principal se abrió. En el umbral apareció un hombre alto y mayor, con el cabello plateado y bien peinado. Vestía un traje oscuro. Llevaba un bastón negro que parecía usar más por elegancia que por necesidad. Su sonrisa era leve. Sus ojos no. Ricardo Montenegro. Isabella comprendió al instante cómo Alejandro había llegado a ser el hombre que era. No se parecían físicamente. Pero compartían la misma frialdad. La misma agudeza. La diferencia era que en Alejandro todavía quedaba algo vivo bajo aquella capa de hielo. En Ricardo, solo quedaba el cálculo. «Por fin», dijo en voz baja. «Has venido». Su mirada se detuvo primero en Isabella. Luego en Lucas. Y después en Sofía. Se quedó fija en Lucas durante un instante demasiado largo. El corazón de Isabella dio un vuelco. Alejandro dio medio paso al frente. Un movimiento sutil. Pero lo suficientemente claro. Una barrera. Una declaración. «Esta es mi esposa, Isabella», dijo con tono impasible. «Y mis hijos». «Ya lo veo», respondió Ricardo. Su voz era suave. Y precisamente eso la hacía más aterradora. Sofía se agarró de la mano de Isabella. Lucas se colocó un poco más cerca de Alejandro de lo que quizás él mismo era consciente. Ricardo observó todo aquello. Nada se le escapaba. «Pasad», dijo. «No me gusta quedarme en la puerta como un vendedor». El comedor principal era mucho más amplio que el ático. Una mesa larga, candelabros altos, porcelana fina y cuadros de antepasados de los Montenegro colgados en las paredes, como si estuvieran juzgando quién era digno de sentarse allí. Ninguno de ellos parecía alguien que supiera cómo abrazar a un niño. Al entrar, vieron a una mujer elegante vestida con un traje verde oscuro de pie junto a la chimenea. Llevaba el cabello negro recogido con esmero y su rostro era amable, aunque mostraba cierto cansancio. Carmen Montenegro. Los ojos de la mujer se abrieron de par en par al ver a los niños. No con desconfianza. Sino con algo mucho más humano. «Dios mío», susurró con suavidad. Ricardo chasqueó la lengua. «Carmen». La mujer se estremeció y recuperó la compostura, luego se acercó despacio. «Isabella», dijo con amabilidad. «Me alegra mucho conocerte por fin». Isabella no supo qué responder. Carmen miró a los niños y sonrió. Una sonrisa sincera. Cálida. «Y vosotros debéis de ser Lucas y Sofía». Sofía se escondió a medias detrás de las piernas de Isabella, pero asomó la cabeza para mirar. Lucas levantó la barbilla. «Sabemos cómo nos llamamos». Carmen parpadeó. Luego soltó una pequeña risa. Aquella noche, la estancia no se sintió del todo como un campo de batalla. A Ricardo, evidentemente, no le gustaba. «Sentémonos a comer», dijo con brusquedad. Se sentaron a la mesa. Tal como habían acordado, Lucas quedó a un lado de Isabella y Sofía al otro lado de Alejandro. La niña parecía bastante tranquila mientras pudiera tocar con su pequeña mano el brazo de cualquiera de los dos cuando quisiera. Ricardo ocupó el extremo de la mesa como un rey anciano que aún no se da cuenta de que su trono empieza a tambalearse. Trajeron los platos uno tras otro. Sopa. Pescado. Verduras. Ninguno de los comensales disfrutó realmente del sabor de la comida. Ricardo inició la conversación como si se tratara de una cena de negocios cualquiera. «Entonces, Isabella. ¿Cuánto tiempo hace exactamente que conoces a mi hijo antes de casarte con él?». «Padre», intervino Alejandro con tono impasible. «Le pregunto a mi nuera». Isabella miró fijamente al anciano. Podría haber dado una respuesta prudente. Estaba cansada de ser prudente. «El tiempo suficiente para saber que no se le da bien pedir perdón», respondió. Se hizo un silencio. Carmen bajó la vista rápidamente para ocultar algo que se parecía mucho a una sonrisa. Alejandro miró su plato. Lucas volvió la cabeza hacia su madre con una expresión casi orgullosa. Ricardo, en cambio, pareció interesado. «Bien», dijo. «Al menos no eres aburrida». Luego se dirigió a Lucas. «Y tú. Pareces demasiado serio para tu edad». Lucas le devolvió la mirada sin pestañear. «No me gustan los desconocidos». «Soy tu abuelo». «A partir de hoy». Maldición. Maldita sea. Isabella tuvo que contenerse para no tomar al niño en brazos y marcharse en ese mismo instante. Pero Alejandro… Alejandro simplemente inclinó levemente la cabeza. Casi como si quisiera ocultar su reacción. No estaba enfadado. No estaba molesto. Si no se equivocaba, aquello era casi orgullo. Ricardo golpeó la mesa una vez con el dedo. «Tienes una lengua muy afilada. Se parece mucho a…». Se detuvo en seco. Sus ojos envejecidos se alzaron lentamente hasta el rostro de Alejandro. Y luego volvieron a posarse en Lucas. Nadie habló. Nadie se movió. Ricardo se recostó en su asiento. «Ya veo», dijo en voz baja. Solo tres palabras. Pero suficientes para que un escalofrío recorriera la espalda de Isabella. Carmen intervino de inmediato para aligerar el ambiente. «Sofía, tienes una cinta muy bonita en el pelo». Sofía, que había permanecido callada todo este tiempo, bajó la vista con timidez. «Gracias». «¿El azul es tu color favorito?». «Como las mariposas son de todos los colores, todavía no me he decidido». Carmen soltó una risa suave. Ricardo no. Seguía mirando a Lucas. Seguía calculando. Seguía encajando las piezas. La cena continuó hasta el postre. Ningún bocado parecía seguro. Ninguna frase sonó inofensiva. En cuanto el personal empezó a retirar los platos, Ricardo dejó su servilleta sobre la mesa. «Isabella», dijo. «Acompáñame un momento». Alejandro habló al instante. «No». Ricardo volvió lentamente la cabeza hacia su hijo. «¿Has olvidado cómo se habla a tu padre?». «No. Al contrario, lo recuerdo demasiado bien». La tensión en la estancia se hizo palpable. Isabella notó que Lucas observaba con atención. Sofía también. No permitiría que la situación estallara delante de los niños. «Volveré en dos minutos», les dijo. Lucas negó con la cabeza de inmediato. «No vayas». Isabella le tocó el hombro con suavidad. «No pasa nada». Alejandro se puso de pie. «Yo iré contigo». Ricardo esbozó una leve sonrisa. «¿De verdad crees que necesito un testigo para hablar con mi nuera?». «De verdad creo que nunca hablas sin un propósito oculto». Por un instante, Isabella pensó que ambos se lanzarían el uno contra el otro. Pero Ricardo simplemente se dio la vuelta y salió hacia el pasillo lateral. Isabella lo siguió. Con paso firme. Pero con el corazón desbocado. Se detuvieron junto a un ventanal que daba al jardín, ya sumido en la oscuridad. Ricardo no habló de inmediato. Miró hacia el exterior durante unos instantes, luego dijo con voz queda: «Has elegido un momento muy oportuno para volver». Isabella no respondió. «Alejandro siempre ha sido débil ante las mujeres que parecen fuertes». «Eso suena a una valoración muy personal». Ricardo se volvió hacia ella. Sus ojos se entrecerraron levemente. «Eres inteligente. Qué bien. Eso te ayudará a sobrevivir más tiempo». Isabella contuvo la respiración. «¿Es esto una amenaza?». «Oh, esto no es una amenaza». Su voz seguía siendo suave. «Es solo un recordatorio». Dio un paso hacia ella. Sin tocarla. No hacía falta. «En el pasado te marchaste con bastante docilidad». El mundo pareció detenerse a su alrededor. «¿Qué has dicho?». Apareció de nuevo aquella leve sonrisa. Aún más inquietante que antes. «No me obligues a hacer que te vayas por segunda vez».






