El beso ante las cámaras

«Lo destruiré.»

La voz de Alejandro era grave.

Muy grave.

Pero precisamente eso la hacía sonar más peligrosa.

La tableta seguía en su mano.

Su pantalla iluminada reflejaba la breve frase que acababa de dejar al descubierto seis años de mentiras:

Asegúrate de que la chica se marche antes de las 10:00.

No permitas que Alejandro la encuentre.

Isabella se quedó inmóvil al otro lado del escritorio.

Había vivido con esa herida durante años.

Había criado a sus hijos mientras tragaba humillaciones que nunca se habían desvanecido del todo.

Pero ver la prueba, negra sobre blanco, fría, oficial y real, hizo que algo en su interior se estremeciera.

No por sorpresa.

Sino porque, al fin, confirmaba que su dolor había sido real desde el principio.

No estaba loca.

No exageraba.

No había imaginado un monstruo donde no lo había.

El monstruo existía.

Y su nombre era Ricardo Montenegro.

Alejandro dejó la tableta con lentitud.

Luego alzó la vista.

Sus ojos se encontraron con los de Isabella.

Por un instante, parecía alguien que acababa de perder el equilibrio en el mundo que siempre había dominado.

«Iré a su casa ahora mismo», dijo.

Isabella reaccionó de inmediato.

«No.»

«Mi padre pagó para que te fueras. Te amenazó de nuevo esta noche.»

«Y nos ocultó todo durante seis años.» Su mandíbula se tensó.

«No pienso esperar hasta mañana.»

«Los niños están durmiendo.»

Esas palabras lo detuvieron.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

«No me importa.»

«Entonces aprende a importarte.»

Isabella dio un paso al frente.

Su voz bajó, afilada y contenida.

«Si vas ahora con esa expresión, no actuarás como un padre.

«Actuarás como el hijo que lleva toda la vida deseando derribar a su propio padre.»

La mirada de Alejandro cambió.

Se volvió más oscura.

Más desafiante.

Más sincera.

«¿Y si así fuera?»

«Entonces cometerás un error.»

El silencio se apoderó de la habitación.

Su respiración sonaba demasiado fuerte en aquel espacio reducido.

Alejandro se pasó una mano por la mandíbula con fuerza, como si intentara alejarse del borde de algo demasiado salvaje.

«Debería haberlo sabido», dijo al fin.

No se lo decía a ella.

Se lo decía a sí mismo.

«Debería haber sabido que era capaz de hacer algo así.»

Isabella se abrazó a sí misma.

«Sí», respondió con frialdad. «Deberías haberlo sabido.»

Alejandro aceptó aquellas palabras como si recibiera un golpe.

No se defendió.

No podía.

Su teléfono vibró de nuevo.

Esta vez no era Marco.

Era el jefe de comunicación del grupo Montenegro.

Alejandro miró el nombre durante dos segundos y atendió.

«¿Qué pasa?»

La voz al otro lado sonaba rápida, preocupada, entrenada para no entrar en pánico aunque estuviera a punto de perder el control.

«Señor, lamento interrumpirle. Pero se ha filtrado información sobre la cena en la finca.»

«Hay fotografías de su coche, rumores de que los niños estuvieron presentes y los inversores para el relanzamiento de Montenegro Luxe exigen una declaración pública a más tardar mañana al mediodía.»

Alejandro miró fijamente la pared.

«Cancélalo.»

«No es posible, señor. Si lo suspendemos de improviso, el consejo dará por ciertos los rumores y perderá el apoyo necesario para la presentación.»

La mandíbula de Alejandro se endureció.

«¿Y qué proponen?»

«Le recomendamos que asista con su esposa a la presentación privada de mañana por la noche.

«Muestren calma. Muestren unidad. Una breve sesión de fotos. Eso desviará la atención.»

Esposa.

La palabra todavía sonaba extraña, incluso después de la inscripción en el registro civil.

Alejandro no respondió de inmediato.

Isabella adivinó por su mirada que estaba

calculando.

Sopesando.

Decidiendo qué batalla ganar primero.

«Llamaré más tarde», dijo y cortó la llamada.

Se volvió hacia ella.

«Tenemos que asistir mañana por la noche.»

Isabella soltó una risa breve.

Demasiado cansada para parecer enfadada.

«Claro que sí. El mundo no puede detenerse solo porque la vida que tu familia destrozó acaba de salir a la luz.»

«Sé que no es el momento adecuado.»

«Entonces no me lo pidas.»

«No te lo pido.»

Se detuvo.

Y añadió con un tono que hizo que el pecho de Isabella se tensara:

«Te informo de que si no acudimos, Ricardo aprovechará el caos para hacerse con el control de Montenegro Luxe.

«Y si sale vencedor, tendrá aún más poder para arrastrarnos a todos a sus juegos sucios.»

Isabella lo miró fijamente.

Durante un buen rato.

Luego dijo:

«Sigues hablando de negocios.»

«Estoy hablando del campo de batalla que él ha elegido.»

«Estoy cansada de ser el campo de batalla de tu familia.»

Algo se movió en el rostro de Alejandro.

Una pequeña grieta.

«Si pudiera volver atrás seis años, te habría elegido a ti.»

Las palabras sonaron demasiado bajas.

Demasiado sinceras.

Y demasiado tarde.

Isabella sintió que se le cortaba la respiración.

Lo odiaba.

Odiaba que, después de todo lo ocurrido, las palabras de aquel hombre todavía pudieran calar hondo en ella.

«Lamentablemente», respondió con frialdad, «no puedes hacerlo.»

Alejandro bajó levemente la cabeza.

No era derrota.

No era rendición.

Más bien la aceptación de un castigo que consideraba merecido.

«Mañana por la noche», dijo. «Después de que los niños se duerman.»

Isabella cerró los ojos por un instante.

Luego asintió una sola vez.

No porque quisiera.

Sino porque sabía que un hombre como

Ricardo no se detendría.

Y si debía librar esa guerra, prefería estar en el tablero que ser arrojada al margen.

A la noche siguiente, el ático parecía demasiado silencioso.

Lucas y Sofía ya dormían después de que Isabella les hubiera leído durante más tiempo de lo habitual.

Sofía había pedido el cuento de la mariposa.

Lucas fingió no interesarse, pero escuchó hasta el final.

Cuando Isabella salió de su habitación,

Alejandro ya la esperaba en el salón.

Llevaba de nuevo un traje negro.

Impecable.

Frío.

Peligroso.

Pero esa noche había algo distinto en su expresión.

No era el control: eso siempre estaba presente.

Lo que cambiaba era la tensión que latía bajo su superficie.

Algo que se había endurecido desde la noche anterior y no había cedido.

Su mirada se detuvo en el vestido de Isabella.

Era de un azul oscuro, sin adornos innecesarios.

Elegante. Sobrio.

Se ceñía a su cuerpo con una delicadeza que no llegaba a ser provocativa, pero que resultaba imposible de ignorar.

«Veo que me miras», dijo Isabella mientras tomaba su bolso.

«No intento ocultarlo.»

Odiaba esa respuesta.

Era demasiado directa.

Demasiado propia de Alejandro.

Y, sobre todo, su cuerpo seguía reconociendo su tono de voz como si fuera una traición.

«No hagas que esta noche sea más difícil de lo que ya es.»

Alejandro se acercó.

No demasiado.

Lo suficiente para que el espacio entre ellos se volviera consciente de sí mismo.

«Eso depende de hasta dónde quieras seguir fingiendo que no te afecto.»

Isabella lo miró con frialdad.

«Después de todo lo ocurrido, ¿el ego sigue siendo tu órgano más fuerte?»

La comisura de los labios de Alejandro se movió apenas.

«Solo cuando estás cerca.»

Lo odiaba.

Odiaba que una parte de ella supiera aún cómo responderle.

La presentación privada de Montenegro Luxe se celebraba en un salón de un hotel más pequeño, más exclusivo y mucho más peligroso, ya que estaba lleno de personas que sabían sonreír mientras calculaban los puntos débiles de los demás.

Maniquíes con las nuevas colecciones se alineaban bajo luces cálidas.

Una música de cuerda sonaba suavemente.

Inversores, editores de moda y fotógrafos invitados fingían disfrutar del champán mientras esperaban la aparición de la pareja Montenegro.

En cuanto Isabella y Alejandro entraron juntos, el ambiente cambió.

No hubo gritos.

Solo atención.

Aguda. Silenciosa. Fija.

Alejandro apoyó una mano en la espalda baja de Isabella.

Un toque ligero.

Muy ligero.

Pero suficiente para hacerle recorrer un escalofrío cálido por la columna vertebral.

Ella se volvió de inmediato.

«Estás rompiendo las reglas.»

«Ante las cámaras.»

Sus ojos oscuros seguían al frente.

«Según lo acordado.»

Maldito fuera.

No se equivocaba.

Y eso lo hacía aún más irritante.

Los flashes empezaron a dispararse.

Una periodista de moda sonrió con excesiva dulzura.

«Señora Montenegro, ¿dirige oficialmente el relanzamiento de Montenegro Luxe?»

«Si la colección es buena, lo reconoceré», respondió Isabella con frialdad.

Una risa suave se extendió entre los presentes.

Alejandro la miró de reojo.

Había en su mirada algo que casi parecía orgullo.

Los guiaron hasta el fondo, frente a un fondo negro y dorado con la inscripción

Noche de renacimiento de Montenegro Luxe.

El fotógrafo empezó a dar indicaciones.

«Perfecto. Acérquense un poco más.»

Alejandro se movió una fracción de pulgada.

Isabella podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela y el aire.

«Un poco más, por favor.»

Alejandro se inclinó apenas.

Ahora sus brazos se tocaban.

Maldición.

«Perfecto. Señora, mire a su esposo.»

Isabella no se movió.

«No me pagan para mirarlo con ternura», dijo con sequedad.

Varios asistentes contuvieron la risa.

Alejandro, en cambio, susurró lo suficientemente bajo para que solo ella lo oyera:

«Qué lástima. Antes lo hacías gratis.»

El pecho de Isabella se contrajo.

Se volvió muy despacio.

Y cometió un error.

Porque Alejandro ya la estaba mirando.

Una mirada intensa.

Demasiado profunda.

Demasiado serena.

Demasiado consciente de todo lo que había entre ellos.

«Eres despreciable», susurró ella.

«Y aun así te has vuelto.»

Clic. Clic. Clic.

Las cámaras capturaron ese instante.

El fotógrafo levantó una mano.

«Magnífico. Ahora una pose un poco más íntima.»

«No», dijo Isabella.

«Sí», intervino el jefe de comunicación en un susurro angustiado desde un lado.

«Por favor.»

Alejandro no miraba a nadie más que a ella.

«No lo haré si me dices que no.»

Sus palabras eran suaves.

Casi inaudibles.

Pero suficientes para hacer que algo en el estómago de Isabella se removiera.

Después de la noche anterior. Después del documento. Después de la verdad.

Debería haberse alejado.

Debería haber dejado que todo ardiera.

Pero también sabía que decenas de pares de ojos los observaban.

Esperando una grieta.

Esperando un escándalo.

Esperando confirmar que aquel matrimonio era solo una farsa.

Y en su interior había algo mucho más peligroso que la ira:

el deseo de saber si Alejandro seguía siendo capaz de hacer que el mundo a su alrededor desapareciera con una sola mirada.

«Cinco segundos», susurró ella.

Los ojos de Alejandro se oscurecieron.

«Suficiente.»

Alzó una mano.

Despacio.

Dándole tiempo sobrado para retroceder.

Ella no lo hizo.

Su palma se posó en su cintura.

Cálida.

Firme.

Como si ese lugar siempre hubiera conocido la forma de su mano.

A Isabella se le cortó la respiración.

Maldito fuera su cuerpo.

El fotógrafo exclamó de inmediato: «Sí. Así. Ahora más cerca.»

Alejandro la atrajo levemente hacia sí.

Solo un poco.

Pero lo suficiente para que apenas quedara espacio entre sus cuerpos.

«Mírame», susurró él.

Isabella quiso decir que no.

En su lugar, alzó la vista.

Y vio todo.

El remordimiento.

El deseo.

La ira contra sí mismo.

Y algo mucho más peligroso porque se parecía demasiado a la verdad.

«Alejandro…»

«Cállate.»

Su tono no era brusco.

Más bien una súplica disfrazada de control.

El fotógrafo, cada vez más entusiasta, gritó: «¡Perfecto! ¡Bésela, señor!»

El salón pareció helarse.

Los dedos de Isabella se tensaron automáticamente en la manga de Alejandro.

«No te atrevas…»

«Cinco segundos», le recordó él en un susurro.

Sus miradas quedaron fijas.

Todo el salón esperaba.

Y al fondo, Isabella distinguió a dos inversores que habían cenado la noche anterior en la finca con Ricardo.

Si se apartaba ahora, ellos ganarían.

Si se acercaba, quizás perdería de una forma mucho más personal.

Alejandro siguió su mirada.

Entendió sin necesidad de explicaciones.

Luego inclinó la cabeza apenas, tan cerca que sus labios casi rozaron la comisura de su boca.

«Si quieres detenerme, hazlo ahora.»

Ella no lo hizo.

Tres segundos.

Dos.

Uno.

Alejandro la besó.

No en la mejilla.

No un beso protocolario para las cámaras.

Sus labios encontraron los de Isabella con una suavidad inicial,

y se detuvieron demasiado tiempo para considerarse respetuoso.

Todo el salón se desvaneció.

No había inversores.

No había cámaras.

No había pasado.

Solo calor.

Aroma a cedro.

Y el recuerdo doloroso de lo fácil que su cuerpo seguía reconociendo a aquel hombre.

Los dedos de Isabella se aferraron a la solapa de su traje.

No para acercarlo más.

Tampoco para empujarlo.

Esa era la parte más peligrosa:

durante un segundo vergonzoso, no sabía qué quería hacer.

Alejandro percibió su vacilación.

Se apartó despacio.

Demasiado despacio.

Sus labios se separaron mientras su respiración seguía rozándose.

Los flashes estallaron como una tormenta.

Alguien aplaudió suavemente.

Otro soltó una risa nerviosa.

Isabella parpadeó una vez.

Y la realidad volvió a golpearla con fuerza.

Empujó el pecho de Alejandro.

No con violencia.

Pero lo suficiente para crear distancia.

La mirada de él se detuvo en sus labios.

Sus ojos eran ahora mucho más oscuros que antes.

«Cinco segundos», dijo Isabella con frialdad, aunque su respiración aún no se había estabilizado.

«He contado seis.»

Maldito fuera.

Esbozó una sonrisa forzada para la cámara más cercana.

«Lamentablemente, siempre te ha faltado disciplina.»

El fotógrafo pensó que formaba parte del juego y rió.

Alejandro, en cambio, la miró de una forma que hizo que las rodillas de Isabella temblaran.

«No me empujaste en el quinto segundo», dijo en voz baja.

«No te des demasiada importancia. Solo no quería darle un espectáculo gratuito a los presentes.»

«No», respondió Alejandro con voz más grave.

«No lo hiciste porque aún recuerdas cómo se siente.»

El corazón de Isabella latía con fuerza.

Quiso negarlo.

Con todas sus fuerzas.

Pero entonces, al fondo del salón, vio a Ricardo Montenegro que acababa de entrar.

El anciano se detuvo bajo la luz dorada, apoyado en su bastón, con el rostro impasible.

Y sus ojos…

sus ojos estaban fijos en ellos.

En los labios de Isabella.

En la mano de Alejandro que aún descansaba a medias en su cintura.

En la grieta que ya no podía ocultarse.

Una leve sonrisa apareció en los labios de Ricardo.

No por ira.

Sino porque acababa de ver algo que podría utilizar.

Isabella sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

Esta guerra acababa de subir de nivel.

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