Hecha un manojo de nervios, Leila se precipitó hacia el origen del sonido, abriéndose paso entre la gente que comenzaba a amontonarse en el pasillo del centro comercial. El corazón le latía con una violencia ensordecedora en los oídos, temiendo que el delicado estado de salud de Emily hubiera jugado en su contra tras la agitación del día.Sin embargo, al llegar a la escena, el panorama que encontró fue muy distinto. Daisy estaba de pie, con el rostro pálido y una expresión de pánico absoluto, frente a la pequeña Irene, quien se encontraba sentada en el suelo de granito agarrándose la pierna derecha mientras lloraba a moco tendido. Emily permanecía a solo un par de pasos de ella, se la veía visiblemente molesta, con las cejas fruncidas y los puños apretados a los costados, pero afortunadamente estaba ilesa.—Lo siento muchísimo, Leila… de verdad, no sé qué demonios pasó, me distraje por un maldito segundo mirando una vitrina —admitió Daisy de inmediato, con la voz temblorosa por la
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