Anastasia volvió a doblar cuidadosamente la carta, volvió a meterla en el sobre. Tomó el libro que reposaba encima de la mesa de noche y luego la guardó dentro de la gaveta. —No voy a ir… —murmuró con firmeza, como si necesitara convencerse a sí misma de ello—. Si piensa que sólo por decirme frases bonitas ya logró convencerme, está equivocado. Se cruzó de brazos sin apartar la vista de la gaveta. Sin embargo, aquella frase se repetía una y otra vez. Quería odiarlo, quería aferrarse al engaño y convertirlo en una razón suficiente para arrancarlo de su corazón. Pero cada vez que recordaba lo que había pasado entre ellos, la rabia desaparecía y se llenaba de tristeza. Él le había mentido. Se había acercado a ella para hacerle daño. Esa era la verdad. Sin embargo, también era cierto que, desde que leyó aquella última frase: “No he dejado de pensar en ti desde que me marché”, una parte de ella deseaba creer que detrás de aquella mentira existía alguna explicación.Cerró los ojos
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