León pidió perdón por segunda vez.Todavía estaba de espaldas a él, con la espalda tensa, los puños apretados contra el costado del cuerpo. Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas, no las sequé. Que viera lo que había hecho.Pero entonces soltó una risa, como si acabara de decir algo gracioso.—Por Dios —dijo desde detrás de mí, su voz llena de sarcasmo—. Me disculpo, ¿y ni siquiera puedes mirarme? ¿Acaso tengo que arrodillarme primero?Me di la vuelta.León estaba con las manos en los bolsillos de su pantalón, una ceja levantada, la comisura de sus labios torcida en una sonrisa que me daban ganas de abofetearlo. No se veía arrepentido, al contrario, parecía divertido.—Lo siento —repitió, pero esta vez con tono burlón—. Eso es lo que esperabas, ¿verdad? Que me rebajara delante de ti. Que admitiera mi error. Que dijera: "lo siento, Ana, fui demasiado lejos. No debí dejarte en medio de la calle".Imitó una voz quejumbrosa que claramente no era la suya. Sus ojos brillaban, no po
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