Mi teléfono sonó sobre la mesita al lado del sofá. La pantalla mostraba el nombre de León. Lo alcancé con manos temblorosas y presioné el botón verde.
—¿Hola?
—¿Dónde estás? —La voz de León al otro lado era fría, sin preámbulos.
Miré hacia Adrián, que estaba sentado en una silla cerca de la ventana. Me miraba con ojos interrogantes.
—Estoy con Adrián —respondí.
—Vuelve a casa ahora.
—Ya es tarde. Volveré mañana por la mañana.
—Vuelve ahora. No me gusta repetir órdenes.
—Tú me dejaste al borde d