No sé cuánto tiempo llevábamos en ese complicado abrazo. El tiempo parecía haberse detenido. Solo existían los movimientos, los suspiros y el calor que envolvía todo mi cuerpo.Adrián seguía frente a mí, hundido por completo dentro de mí. Sebastián estaba detrás, también hundido en otro lugar. Yo estaba atrapada entre dos cuerpos fornidos que se movían al compás de un ritmo que empezaba a sincronizarse lentamente.—Aaaah… aaah… uuugh…Mis jadeos salían sin control. A veces largos como un lamento, a veces cortos, como si la sensación fuera demasiado intensa.—Eres increíble, Ana —susurró Adrián frente a mí.Su rostro estaba a solo unos centímetros del mío. Podía ver las gotas de sudor en su frente, en sus sienes, en su labio superior que mordía conteniendo el deseo.—Haaah… Adrián… yo… no puedo más…—Sí puedes —dijo. Sus manos apretaban mi cintura, una cintura gordita y blanda, pero a él no le importaba—. Aguanta un poco más.Desde atrás, Sebastián besó mi cuello. Sus labios húmedos y
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