El motor del auto se apagó en la entrada de la casa, pero el silencio que siguió no era el mismo de la mañana. Ya no había una nube gris flotando sobre ellos. Me giré desde el asiento del copiloto, apoyando el brazo en el respaldo para mirar a los niños.—Muy bien, equipo —dije, usando un tono ligero—. Antes de que corran a cambiarse para el jardín, papá y yo queremos hablar un momento con ustedes en la sala.Alessandro y Eric se miraron. Alessandro se encogió de hombros, saltando del auto con la energía intacta de sus seis años. Eric lo siguió de cerca, pisando exactamente los mismos lugares que su hermano.Una vez en la sala, los niños se sentaron juntos en la alfombra, rodeados de cojines. Nos acomodamos frente a ellos, acortando las distancias físicas y emocionales. Rowan respiró hondo, recordando las palabras de la doctora Mendoza: quítenle al pasado el poder del secreto.—¿Se acuerdan de que hoy la doctora Mendoza nos preguntó sobre cuando éramos más chicos? —empezó Rowan, entre
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