Si alguien me hubiera dicho hace un año, cuando todavía creía que mi vida era una línea recta de éxitos quirúrgicos y contratos firmados, que la cafetería del Hospital General se convertiría en el escenario de más drama emocional que el quirófano de urgencias, no le habría creído ni una palabra. Pero allí estábamos, sentados alrededor de la mesa más grande, la infame "mesa redonda" de los Blackwood y asociados. Éramos Zoe, Elena, Marcos, Santi, Sofía, Thiago, Mark y yo. Una mezcla peligrosa de veteranos curtidos, residentes de segundo año exhaustos y secretos a punto de estallar.La tensión del beso en el cumpleaños de Leo todavía flotaba en el aire, una estela de romanticismo que Zoe, con esa curiosidad que la caracteriza y que ahora se potenciaba por las hormonas del embarazo, no pudo aguantar más.—A ver, Santi —dijo Zoe, dejando su sándwich a medio comer, clavando sus ojos en él con la precisión de un bisturí—. Necesito detalles. ¿Cuándo empezó esto? ¿Cómo? ¿Por qué nadie sabía qu
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