La música había vuelto a sonar, pero la atmósfera en la mansión Hidalgo seguía cargada de electricidad. Los invitados intentaban recuperar la compostura, pero sus miradas no se apartaban del abuelo Félix, que ahora se movía entre ellos como un fantasma que había vuelto para reclamar su lugar. Las conversaciones eran susurros, los gestos eran cautelosos, y el champán ya no sabía igual. La noticia del regreso del patriarca se extendía como un incendio forestal, y cada invitado procesaba el impacto a su manera. Algunos sonreían con alivio, otros con incredulidad, y otros con miedo. Pero todos, sin excepción, sabían que esa noche quedaría grabada en la memoria de la alta sociedad como el momento en que todo cambió.Joaquín observaba la escena desde un costado, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción en los labios. Había esperado este momento durante semanas, y ahora que había llegado, el sabor de la victoria era dulce, como el mejor de los vinos. La luz de los candelabros se
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