La noche continuaba su curso, envuelta en el resplandor de los candelabros y el murmullo de las conversaciones elegantes. La música aún vibraba en el ambiente, como un eco de la interpretación de Maritza, que había dejado a todos los invitados con el alma llena de emoción. Los rostros de los asistentes reflejaban admiración, algunos incluso con lágrimas en los ojos, conmovidos por la belleza de la melodía que había brotado de los dedos de la señora de la casa. Pero la velada aún guardaba sorpresas, y los regalos seguían llegando, cada uno con su propia historia y significado.Sebastián se levantó de su silla con una sonrisa tímida, sintiendo que el corazón le latía con fuerza bajo el traje oscuro que llevaba. No era tan expresivo como su hermano, pero amaba a su madre con la misma intensidad, aunque a veces le costara demostrarlo. Se acercó a ella con un pequeño estuche de terciopelo rojo en las manos, envuelto con un lazo dorado que brillaba bajo la luz de las lámparas, como un peque
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