Oficina de Andrea Rossi. Noche.La oficina ocupaba toda la última planta de un edificio de granito negro en el distrito financiero. No tenía cartel en la puerta, ni nombre en el ascensor. Solo una placa de latón con un número: 13. Los supersticiosos se persignaban al pasar. Andrea Rossi lo había elegido a propósito.El suelo era de mármol blanco, cubierto en parte por alfombras persas de tonos burdeos. Los muebles, de nogal oscuro, brillaban con cera de abeja. En las paredes colgaban cuadros de Rothko y una vitrina con pistolas antiguas. Pero lo que más llamaba la atención era la mesa de caoba: imponente, limpia, con un único teléfono negro de los de antes, de esos con cable enroscado.Andrea Rossi ocupaba el sillón presidencial. Treinta y dos años, alto, de hombros anchos, y su presencia llenaba la habitación antes incluso de que hablara. Piel olivácea, cabello negro azabache cortado a la altura de la mandíbula, siempre impecable. Sus ojos negros, afilados, medían a los demás como si
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