. Sala de interrogatorio La sala era pequeña, de paredes blancas y suelo de cemento pulido. Una mesa metálica en el centro, cuatro sillas de plástico, una cámara de vigilancia en la esquina superior. Olía a desinfectante y a miedo acumulado.Andrea Rossi estaba sentado con la espalda recta, las manos apoyadas sobre la mesa, los dedos entrelazados. Se había cambiado de traje: azul marino, camisa blanca, corbata de seda gris. El pelo negro azabache, impecable. No parecía un detenido. Parecía un consejero delegado en una reunión de negocios.A su derecha, Damián ocupaba la silla contigua. Vestía su chaleco táctico sobre una camiseta negra, con los brazos cruzados. No había dicho una palabra desde que entraron, pero sus ojos marrones oscuros recorrían la habitación con la calma de un soldado en territorio hostil.Frente a ellos, al otro lado del cristal de visión unidireccional, se apiñaban Velasco, Maite y el fiscal general, un hombre de sesenta años, calvo, de ojos pequeños y mirada de
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