Capítulo 45. La presencia que da vida
—Luca no es solo mi hermano, Adrian. Es un recordatorio de que, detrás de estos muros fríos, todavía queda algo puro —dijo Aletta en voz baja, casi en un susurro, pero con una resonancia imposible de ignorar.Sus ojos se fijaron al frente, contemplando la verja de hierro de la mansión que se abría lentamente, como la boca de un gigante dispuesto a devorarlos. Su mano apretaba con firmeza los dedos de Luca, en un gesto protector hacia el niño de trece años.Luca giró la cabeza, sus ojos brillaron al ver la imponente arquitectura frente a ellos.—¿Hermana, tu casa es muy grande? —preguntó con inocencia.Aletta inhaló brevemente antes de responder con una sonrisa tenue y amarga.—Eso no es una casa, Luca… es un campo de batalla.Luca frunció el ceño, intentando procesar sus palabras.—Entonces, ¿tengo que usar armadura?Adrian, sentado al volante, soltó una leve risa. Su voz grave rompió la tensión que había llenado el interior del coche. Miró al niño por el espejo retrovisor.—No necesi
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