Lorenzo—¡Liliana, maldita sea, el auto espera en el frente! —mi grito retumba por las paredes de la suite, cargado con toda la frustración que me ha dejado la maldita discusión de hace unos minutos.Me acomodo los puños de la camisa con brusquedad, sintiendo que el cuello me asfixia. Estoy furioso. Furioso conmigo mismo por haber perdido el control, por haberla asustado y, sobre todo, por la impotencia de saber que alguien la lastimó en el pasado y no tengo un nombre a quien hundir. Pero el tiempo me lo dirá, por ahora, el chofer está en el frente, mi madre ya debe ir rumbo al aeropuerto con María de los Ángeles y los buitres de la prensa nos esperan en Ciudad de México para devorarnos vivos si captan la más mínima grieta en nuestro matrimonio.La puerta de la habitación se abre de golpe. Liliana sale caminando con rapidez, arrastrando su maleta de mano contra el suelo de madera. Lleva un vestido que mi madre le hizo llegar; un diseño elegante que se amolda a su cuerpo, pero su lengua
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