Lorenzo
—¡Liliana, maldita sea, el auto espera en el frente! —mi grito retumba por las paredes de la suite, cargado con toda la frustración que me ha dejado la maldita discusión de hace unos minutos.
Me acomodo los puños de la camisa con brusquedad, sintiendo que el cuello me asfixia. Estoy furioso. Furioso conmigo mismo por haber perdido el control, por haberla asustado y, sobre todo, por la impotencia de saber que alguien la lastimó en el pasado y no tengo un nombre a quien hundir. Pero el tie