El Maybach negro se detuvo frente a la escalinata principal de la mansión con una suavidad que parecía irreal, pero para Valentina, el simple hecho de que el motor se apagara significó un regreso definitivo a la realidad de su confinamiento. El sol de Jumeirah golpeaba los muros de piedra caliza, convirtiendo los ventanales en espejos dorados que cegaban a cualquiera que intentara mirar hacia el interior. Aleksei bajó del vehículo primero, rodeando la carrocería con pasos decididos, y abrió la puerta del lado de Valentina antes de que el chofer pudiera reaccionar. No extendió la mano de manera protocolaria; en su lugar, se inclinó ligeramente dentro del habitáculo, ofreciéndole su brazo sano como un soporte sólido e ineludible. Valentina, con el peso muerto del yeso blanco en su muñeca derecha y una opresión sorda en las costillas que le recordaba cada latido
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