La recámara principal del ala oeste lo recibió con el mismo silencio denso y ámbar que había dejado atrás. Aleksei cerró la pesada puerta de roble a sus espaldas, dejando que el leve chasquido electrónico marcara la frontera definitiva entre las advertencias de su abuela en la planta baja y la realidad que lo esperaba sobre las sábanas de lino. Caminó despacio, con pasos amortiguados por la gruesa alfombra, sintiendo que la conversación con Katerina aún le martilleaba en las sienes. El