El sol de Dubái, implacable y ciego, caía sobre ellos como una capa de plomo líquido, pero ninguno de los dos parecía sentir el calor físico. La verdadera temperatura la dictaba la estática que vibraba entre Aleksei y Valentina, una corriente eléctrica que hacía que el aire picara en la piel. Aleksei permanecía de pie, con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se dibujaban como cuerdas de piano. Su camisa blanca, impecable y de una seda que costaba más que la maquinaria que Valentina solía usar, contrastaba violentamente con la imagen de ella: despeinada, sudada y con motas de tierra oscura adornando sus pómulos y sus piernas. —Te he hecho una pregunta, Valentina —repitió Aleksei, su voz bajando a un registro que era casi un gruñido—. ¿Qué clase de espectáculo es este? Hay treinta empleados en esta propiedad cuya única función es evitar que tú tengas que mover un solo dedo. ¿Por qué demonios estás cavando como una obrera en mi jardín? Valentina no retrocedió. Se end
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