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Capítulo 5: El peso de los legados

El aire en la planta ejecutiva de la torre Volkov-Tech se ha vuelto tan denso que parece que el sistema de filtrado de última generación ha dejado de funcionar. Durante los tres días posteriores a la visita al desierto, la oficina se ha transformado en un campo de batalla silencioso donde los disparos no son de pólvora, sino de correos electrónicos gélidos y expedientes técnicos que cruzan los pasillos en manos de asistentes asustados. No se han hablado, no se han cruzado en la cafetería, pero la presencia de uno parece grabarse en la piel del otro a través de las paredes de cristal.

Aleksei Volkov observa la ciudad de Dubái desde su ventanal infinito, con la mandíbula tan apretada que siente un eco de dolor en las sienes. El estruendo de la puerta de su despacho al abrirse ni siquiera lo hace girar; solo hay una persona en este hemisferio que se atrevería a entrar sin anunciar su presencia. Dimitri entra con un paso que ha perdido su habitual ligereza burlona, dejando caer un sobre de cuero oscuro sobre la mesa de caoba con un golpe seco que resuena en la estancia vacía.

—Se acabó el tiempo de las suposiciones, Alek —anuncia Dimitri, su voz cargada de una gravedad que Aleksei rara vez le escucha—. Los abogados en San Petersburgo han logrado finalmente abrir el testamento del abuelo. Los primos han agotado todos los recursos legales para bloquearlo, pero el viejo fue más astuto que todos ellos juntos.

Aleksei se gira lentamente, sus ojos de hielo siberiano clavándose en el sobre como si pudiera leer su contenido a través del cuero. Hace seis meses que su abuelo falleció, seis meses de una guerra de trincheras legal en Rusia contra sus primos, Pyotr y Viktor, que han estado tratando de desmantelar el consorcio para venderlo por piezas a inversores extranjeros. Durante medio año, Aleksei ha gobernado desde Dubái con la incertidumbre de si el imperio que su familia construyó con sangre y sudor seguiría siendo suyo.

—Dime de una vez qué dice, Dimitri —exige Aleksei, su voz bajando a un registro peligrosamente bajo—. No estoy de humor para prólogos.

Dimitri se apoya en el borde del escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho. El sobre contiene la sentencia final de una dinastía.

—El abuelo te ha dejado el cincuenta y uno por ciento de las acciones de la matriz rusa. Eres el dueño absoluto, Aleksei... bajo una condición que nos ha dejado a todos contra la pared. El viejo siempre creyó que un hombre sin familia es un hombre que no tiene nada que perder y, por lo tanto, alguien en quien no se puede confiar a largo plazo. La cláusula de "estabilidad dinástica" es clara: para que el traspaso de acciones sea efectivo y no pase a un consejo de administración externo, el heredero debe estar legalmente casado antes de que se cumpla el primer aniversario de su muerte.

Aleksei suelta una carcajada seca y amarga, una que no llega a sus ojos.

—¿Me estás diciendo que mi destino depende de un anillo? —se pasa una mano por el cabello, frustrado—. Quedan menos de seis meses para ese aniversario. Mis primos han estado retrasando la apertura del testamento precisamente por esto. Saben que no tengo a nadie. Han apostado a que el "Magnate de Hielo" preferiría perder su imperio antes que compartir su cama y su nombre con alguien.

—Están brindando con vodka en su dacha, Alek —asiente Dimitri con una mueca—. Creen que te tienen acorralado. Saben que tus estándares son imposibles y que no hay mujer en la alta sociedad rusa que pueda convencer al consejo de que tu matrimonio es algo más que una transacción comercial desesperada. El consejo es tradicionalista; si huelen un fraude, las acciones se congelarán por diez años.

Mientras la tormenta legal se desata en el despacho presidencial, a escasos metros de allí, tras las mamparas de cristal de la zona técnica, Valentina Reyes siente que el mundo se está desintegrando bajo sus pies. El brillo de la pantalla de su computadora parece quemarle las retinas mientras lee, por décima vez, los titulares que llegan desde México. El silencio de su oficina temporal es engañoso; por dentro, ella está gritando.

Su teléfono vibra sobre la mesa con una insistencia agresiva que le revuelve el estómago. Es su padre. Valentina contesta con un hilo de voz, tratando de mantener la compostura frente a los empleados de Volkov que pasan por el pasillo.

—Hija... lo han filtrado todo —la voz de su padre suena rota, como si hubiera envejecido veinte años en una sola noche—. No sé cómo lo hicieron, pero los saldos negativos de nuestras cuentas de garantía están en todos los portales financieros. Han publicado los registros de los pagos atrasados a los proveedores y la situación de los bonos que Aleksei compró.

Valentina cierra los ojos, apoyando la frente en su mano libre. Siente un mareo súbito, una oleada de náuseas provocada por la impotencia.

—¿Cómo es posible, papá? Esos datos estaban protegidos.

—Ya no importa, Valentina. El daño está hecho. Los sindicatos han estallado al ver las cifras. Hay una huelga total en las obras de Ciudad de México y Monterrey. Los trabajadores están rodeando las oficinas exigiendo sus liquidaciones completas porque creen que vamos a huir del país. Y lo peor... —el hombre hace una pausa, su respiración se vuelve errática al otro lado de la línea—, han emitido una orden de embargo preventivo sobre nuestra casa y la maquinaria pesada. Si no hay una inyección de capital de millones de dólares antes de que termine la semana, la constructora Reyes dejará de existir por ley.

Valentina cuelga el teléfono sin poder articular palabra. Abre un portal de noticias mexicano y la imagen que ve la deja sin aire: es la fachada de su empresa, la que su abuelo fundó, ahora empapelada con avisos de huelga y rodeada de patrullas. Las demandas legales están empezando a acumularse como una avalancha de lodo que no puede detener. Su ética impecable, la que defendió con tanta ferocidad ante Aleksei en el desierto, ahora le parece un lujo que no puede permitirse. ¿De qué sirve tener las manos limpias si no tiene un techo bajo el cual refugiarse?

Se siente atrapada en una jaula de cristal. El estrés le oprime el pecho de tal manera que cada respiración le cuesta un esfuerzo titánico. Intenta desesperadamente llamar a sus contactos en otros bancos, pero la noticia de la quiebra inminente se ha extendido como un virus. Nadie contesta. Nadie quiere asociarse con un apellido que huele a ruina. Valentina mira el reloj; el tiempo se agota no solo para su empresa, sino para su propia cordura. Siente la mirada de Aleksei desde el fondo del pasillo, una presencia constante y depredadora que parece alimentarse de su desesperación.

Al otro lado del edificio, Aleksei recibe un informe de inteligencia privada sobre la situación en México. Dimitri se mantiene en silencio mientras su amigo lee los detalles de la caída de la familia Reyes. El magnate observa las fotos de los disturbios y el aviso de embargo. Su mente procesa la información con la frialdad de un algoritmo, pero hay algo en su pecho, una tensión extraña que nace al ver a Valentina tan vulnerable a través del cristal de las oficinas.

—Está terminada —murmura Aleksei, dejando el informe sobre el escritorio—. Para el viernes, Valentina Reyes no tendrá ni un centavo a su nombre ni un lugar donde dormir.

—Y tú para el invierno no tendrás empresa si no encuentras a alguien que diga "sí" ante un sacerdote —responde Dimitri, cruzándose de brazos—. Los dos están en el fondo de un pozo, Alek. Ella tiene el alma y la reputación que tú necesitas para convencer al consejo ruso, y tú tienes el capital que ella necesita para no ver a su padre en la calle.

Aleksei camina hacia la pared de cristal, sus ojos fijos en la silueta de Valentina. Puede verla a lo lejos; ella está de espaldas, con los hombros hundidos, mirando una pantalla que solo le devuelve desastres. Ella es la única mujer que conoce que no se ha amedrentado ante su poder, la única que lo ha desafiado de igual a igual. Sería la esposa perfecta para su plan, no porque fuera dócil, sino porque su fuerza es lo único que el consejo de ancianos rusos respetaría. Pero proponerle esto es cruzar una línea de la que no hay retorno.

—Prepara el borrador de un acuerdo, Dimitri —ordena Aleksei sin apartar la vista de ella—. No un contrato de consultoría, sino un contrato matrimonial de seis meses. Inyección de capital total inmediata para la constructora Reyes en el momento de la firma. Cobertura legal absoluta contra sus acreedores. A cambio, ella debe darme su nombre, su presencia y su lealtad total ante mi familia hasta que las acciones sean mías.

—Ella te odia por lo que le estás haciendo pasar —advierte Dimitri—. No va a ser una negociación fácil.

—Ella es una superviviente —sentencia Aleksei, y su voz recupera esa autoridad aterradora que lo define—. Y sabe que soy su única salida. No voy a pedirle que me quiera, voy a pedirle que me ayude a ganar esta guerra.

Valentina, en su oficina, levanta la cabeza de repente. Siente ese escalofrío familiar en la nuca, esa sensación de estar siendo observada por un lobo. Se gira y ve a Aleksei de pie tras su ventanal, una figura imponente recortada contra el cielo de Dubái. Él no se oculta. La mira con una intensidad que le quita el aliento, una determinación que ella reconoce.

El tiempo de las sutilezas ha terminado. El colapso de la familia Reyes y la herencia de los Volkov han colisionado en un punto sin retorno. Valentina ve cómo Aleksei presiona el botón de su intercomunicador.

—Señorita Reyes —la voz de él resuena en el pequeño altavoz de su mesa, cargada de una vibración que hace que ella se ponga de pie por puro instinto—. Deje de mirar esas noticias. Venga a mi oficina de inmediato. Tengo una solución para sus problemas... y usted tiene la solución para los míos.

Valentina camina hacia la oficina de Aleksei sintiendo que el suelo se inclina bajo sus pies. Sabe que lo que está a punto de ocurrir no es una reunión de negocios. Sabe que el hombre que la sedujo en la oscuridad y la humilló en la luz está a punto de ofrecerle un salvavidas que huele a azufre. Pero al mirar la última notificación de embargo en su teléfono, aprieta los puños y entra en el despacho. El tablero está listo. El juego de verdad comienza ahora.

¿Qué precio estarías dispuesta a pagar por salvar tu legado, Valentina? —parece preguntar la mirada de Aleksei cuando ella cruza el umbral. Ella ya sabe la respuesta, aunque le queme el corazón pronunciarla.

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