Mundo ficciónIniciar sesiónLa soledad del ático de Aleksei suele ser un bálsamo, un refugio de cristal donde el ruido del mundo se apaga. Pero esta noche, el silencio pesa. Aleksei camina de un extremo a otro del salón, observando cómo las luces de Dubái titilan como brasas moribundas. No se ha quitado el reloj, ni la corbata, ni la tensión que le anuda los hombros.
—Si sigues desgastando el mármol, tendré que añadir una cláusula de reparación al contrato —la voz de Dimitri llega desde el sofá, acompañada por el tintineo de hielos en un vaso.
Aleksei se detiene en seco, lanzándole una mirada que habría congelado el Volga.
—No estoy nervioso, Dimitri. Estoy evaluando los riesgos —espeta Aleksei, aunque su mano derecha juguetea inconscientemente con un gemelo de platino.
Dimitri suelta una risotada, recostándose con comodidad.
—Claro. Y yo soy monje en Siberia. Estás caminando como un novio antes de llegar al altar porque sabes que, por primera vez en tu vida, no tienes el control total. Valentina Reyes no es un activo que se deja auditar. Es una granada de mano con un vestido de lino, y estás esperando a ver si te estalla en la cara.
Aleksei no responde. El hecho de que Valentina no haya llamado en las primeras veinticuatro horas lo inquieta. Había calculado que la desesperación la haría claudicar antes del amanecer. Sin embargo, el silencio de ella es un grito de guerra que él no sabe cómo interpretar.
A kilómetros de allí, en un pequeño apartamento alquilado que huele a café frío y ansiedad, Valentina tiene el contrato extendido sobre la mesa del comedor. La luz de un flexo ilumina las hojas de papel grueso, que bajo sus ojos parecen escritas con veneno.
La primera lectura fue repulsiva. Cerró la carpeta con náuseas, sintiendo que cada palabra era una bofetada a su dignidad. Aleksei la había redactado como si estuviera adquiriendo una sucursal bancaria o un inventario de maquinaria pesada. "La parte B se compromete a...", "El activo deberá informar de...", "Disponibilidad absoluta según los intereses de la parte A...".
Es una humillación legal.
Al segundo día, sin embargo, el tono de las noticias que llegan desde México cambia el asco por una determinación fría y cortante. Una foto de su padre saliendo de una oficina judicial, con el rostro hundido y los hombros vencidos, se convierte en el motor que mueve su mano. Valentina no va a ser una víctima. Si va a vender su libertad por seis meses, lo hará como una arquitecta: rediseñando el contrato hasta que la estructura sea tan segura para ella como lo es para él.
Toma un bolígrafo de tinta roja y empieza a trazar líneas sobre el papel, tachando, corrigiendo, reconstruyendo.
—¿Incentivos de contacto público a discreción de la parte A? —susurra Valentina, soltando una risa amarga—. Ni en tus sueños, Aleksei.
Su bolígrafo vuela sobre la hoja. Si van a fingir ser una pareja real ante la élite rusa y los magnates de Dubái, no pueden ser dos robots perfectamente programados. Las parejas reales discuten, mantienen distancias, tienen días malos. Valentina escribe con firmeza: "El contacto físico en público será siempre por acuerdo mutuo y bajo una coreografía previamente establecida. Ninguna de las partes podrá forzar la intimidad bajo el pretexto de la veracidad".
Luego pasa a la sección de "Convivencia". El contrato de Aleksei insinuaba una disponibilidad que ella no está dispuesta a conceder. Tacha párrafos enteros. "Se establece el uso de habitaciones separadas con cerraduras independientes. El espacio privado es inviolable".
Valentina se detiene en una cláusula que le revuelve la sangre: "La parte B informará de sus actividades diarias, contactos telefónicos y reuniones sociales para garantizar la seguridad de la imagen corporativa".
—No soy tu propiedad —sisea Valentina contra el papel, tachando la frase con tanta fuerza que casi rompe la hoja.
Agrega una nota al margen con letra clara: "Autonomía total. No habrá supervisión de actividades privadas ni control de comunicaciones. Este es un contrato de imagen, no de servidumbre".
El siguiente punto es vital. Conoce a los hombres como Aleksei; creen que el dinero les otorga el derecho a la posesión emocional. Valentina redacta una cláusula anti-celos: "No se permitirán reproches, escenas de celos o reclamos por la vida personal de ninguna de las partes. El vínculo es estrictamente profesional y legal".
Finalmente, llega a la parte que más le duele y la que más le importa: su trabajo. No quiere que su obra maestra, los jardines verticales, sea vista como el "juguete" de la esposa del jefe o como un regalo de bodas emponzoñado.
Tacha la vinculación de proyectos. "El desarrollo de los jardines verticales de Volkov-Tech se regirá por un contrato profesional independiente al acta matrimonial. El despido o la cancelación del proyecto por motivos personales supondrá una penalización del 200% del valor total de la deuda de la firma Reyes".
Cuando termina, el contrato parece una zona de guerra cubierta de sangre roja. Valentina deja caer el bolígrafo, con los dedos entumecidos. Se mira en el reflejo de la ventana oscura.
—Sin sentimientos —murmura para sí misma—. Sin sexo. Sin acceso a mi alma.
Es un trato con el diablo, pero ella se ha encargado de que el diablo también tenga que cumplir sus propias reglas.
En el ático, Aleksei recibe una notificación en su teléfono. Es un correo electrónico de Valentina. No es una aceptación sumisa. Es un archivo adjunto con el asunto: "Contrapropuesta de términos: Capítulo 1".
Aleksei abre el documento y ve las correcciones en rojo. Su primera reacción es la incredulidad, seguida de una punzada de irritación que rápidamente se transforma en algo que, si fuera cualquier otro hombre, se llamaría admiración.
—¿Qué pasa? —pregunta Dimitri, notando la intensidad en la mirada de su amigo—. ¿Ha dicho que no?
—Ha dicho que sí —responde Aleksei, leyendo la cláusula de las habitaciones separadas y la prohibición de contacto físico no pactado—. Pero ha reescrito el contrato de tal manera que parece que yo soy el que está a prueba, no ella.
Aleksei se sienta en su escritorio, analizando las tachaduras. Ella ha quitado el control de sus comunicaciones. Ha separado su proyecto de los jardines de la boda. Ha puesto un muro entre su cama y la de ella.
—Es brillante —murmura Aleksei, y por primera vez en tres días, una sonrisa genuina y peligrosa aparece en su rostro—. Se está protegiendo de mí.
—Como debería —acota Dimitri—. Sabe que eres un depredador, Aleksei. Lo que no entiendo es por qué sonríes. Te ha quitado el poder de tocarla o de saber qué hace. Prácticamente te ha castrado legalmente antes de la boda.
Aleksei no responde de inmediato. Se levanta y camina hacia el ventanal, reflejándose en el cristal frente a la noche de Dubái. La audacia de Valentina lo hace sentir extrañamente vivo. Ella cree que ha construido un fuerte, y él está ansioso por ver cómo se desenvuelve dentro de él.
—Dimitri, cancela mi cena de mañana con los inversores de Qatar —ordena Aleksei, con una voz cargada de una determinación renovada—. Necesitamos ajustar estos detalles... en persona.
—¿En la oficina? —pregunta Dimitri, arqueando una ceja.
—No. Este contrato no se cerrará entre paredes de acero. Dile que la espero mañana a las ocho en el restaurante del hotel Al Naseem. Terreno neutral.
Aleksei toma su teléfono y escribe un mensaje directo a Valentina. Sus dedos no dudan.
"He recibido sus... ajustes, señorita Reyes. Son ambiciosos. Nos vemos mañana a las 20:00 en el Al Naseem para la negociación final. Sea puntual. Tenemos mucho de qué hablar antes de que el mundo crea nuestra mentira."
Envía el mensaje y bloquea la pantalla. Sabe que Valentina estará mirando el teléfono en este instante, sopesando su próximo movimiento. La farsa está a punto de volverse oficial, y Aleksei Volkov, por primera vez, no está pensando en las acciones rusas ni en el testamento de su abuelo. Está pensando en la mujer que tuvo la osadía de pintarle el alma de rojo.







