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Capítulo 6: El precio de un apellido

Las puertas de madera de wengué se cierran tras Valentina con un clic sordo que suena a sentencia. El aire en el despacho de Aleksei es gélido, una atmósfera estéril y cargada de una fragancia a cedro y éxito que a ella, en este momento, le resulta asfixiante. Camina sobre la alfombra de seda con una rigidez que le duele en los huesos, manteniendo la barbilla alta mientras Aleksei permanece de espaldas, observando la inmensidad de Dubái.

Él no se gira de inmediato. Deja que el silencio trabaje por él, que la angustia de Valentina fermente en el aire hasta que la habitación se sienta pequeña. Cuando finalmente se vuelve, su rostro es una máscara de granito. Sus ojos de hielo siberiano la escanean con una precisión quirúrgica, notando la palidez de sus mejillas y la forma en que sus dedos se clavan en el cuero de su maletín.

—Tome asiento, Valentina —dice él. No es una invitación, es una orden ejecutiva.

Ella se sienta en una de las sillas de diseño frente al escritorio, negándose a hundirse en la comodidad del mueble. Se mantiene en el borde, alerta, como una gacela que sabe que el león ya ha empezado la persecución.

Aleksei camina hacia su escritorio y desliza una tableta hacia ella. En la pantalla, las noticias de México parpadean en tiempo real: el rostro de su padre, los precintos de huelga en las obras, el anuncio del embargo preventivo.

—Sé que ha estado ignorando mis llamadas durante las últimas dos horas —dice Aleksei, rodeando el escritorio para sentarse frente a ella—. Supongo que estaba demasiado ocupada tratando de encontrar un milagro que no va a llegar.

—Mi empresa sigue en pie, señor Volkov —responde ella, su voz vibrando con un orgullo que se tambalea—. Lo de México es una crisis de liquidez temporal. Estamos negociando con...

—No están negociando con nadie —la interrumpe él, su voz cortante como una cuchilla—. He bloqueado cualquier vía de financiación externa para la constructora Reyes en este hemisferio. Nadie en Dubái, Singapur o Londres pondrá un dólar en un barco que se hunde, y menos si yo soy el que sostiene el tapón del fondo.

Valentina siente que la sangre se le retira del rostro. Lo mira con un odio puro, una chispa de fuego mexicano que desafía su frialdad.

—Es usted un monstruo —susurra ella—. Está destruyendo a miles de familias solo por un capricho empresarial.

—No es un capricho, es práctica de mercado —responde él, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus dedos—. Pero estoy aquí para ofrecerle un trato que no solo salvará a esas familias, sino que devolverá a su padre la paz que le han robado. Sin embargo, el precio no será dinero, Valentina. Su dinero no me sirve de nada.

Aleksei se inclina hacia adelante. La intensidad de su presencia es abrumadora.

—Mi abuelo ha dejado una cláusula en su testamento. Para heredar el control total del consorcio en Rusia, debo estar casado antes del primer aniversario de su muerte. Mis primos están intentando robarme el imperio aprovechando que no tengo una esposa.

Valentina parpadea, procesando la información. Un escalofrío le recorre la columna. Ella sabe hacia dónde va esto, y la sensación de náuseas en su estómago se intensifica.

—Quiere una actriz —dice ella, con la voz cargada de desprecio—. Quiere comprar a alguien para que finja ser su sombra.

—No quiero a cualquier actriz —matiza él, sus ojos clavados en los de ella—. Necesito a alguien con una ética que el consejo ruso no pueda cuestionar. Alguien con una carrera propia, con una inteligencia que rivalice con la mía y que sea lo suficientemente terca como para que nadie sospeche que ha sido comprada. En resumen, la necesito a usted.

Valentina se levanta de golpe, la silla chirriando contra el suelo.

—¿Me está pidiendo que me case con usted? —su voz sube de tono, rozando la histeria—. ¿Me está pidiendo que venda mi nombre, mi vida y mi dignidad por seis meses de su farsa?

—Le estoy ofreciendo un salvavidas para su legado —responde él, sin levantarse, manteniendo una calma exasperante—. En el momento en que firme el acta matrimonial, transferiré la suma total de la deuda de su padre a una cuenta de capital perdido. La constructora Reyes recibirá una inyección de cincuenta millones de dólares para saneamiento inmediato y el contrato de exclusividad de mis próximos tres desarrollos. Su padre conservará su casa, su honor y su salud.

Valentina camina por la oficina, sintiendo que las paredes se cierran sobre ella. Lo que Aleksei propone no es un negocio; es una subasta de su alma. Ella se ve a sí misma, en su mente, caminando hacia un altar que no tiene nada de sagrado, firmando un papel que la convierte en una propiedad más de Volkov-Tech.

Internamente, un pensamiento la golpea con más fuerza que el desastre financiero: ella siempre había guardado, en un rincón secreto y quizás ingenuo de su corazón, el deseo de que si algún día se casaba, sería por amor. Había crecido viendo a sus padres, una pareja que se apoyó en la pobreza y en la riqueza con una devoción absoluta, y soñaba con ese tipo de refugio. La idea de convertir el matrimonio en una transacción fría y calculada le parece la traición definitiva a sí misma.

Aleksei observa el cambio en la expresión de Valentina. Nota la forma en que sus hombros caen sutilmente y cómo sus ojos se pierden en el vacío por un segundo. Él conoce esa mirada; la ha visto en negociadores novatos que aún creen en los ideales.

—¿Qué pasa, Valentina? —pregunta él, su voz arrastrando una pizca de burla—. ¿Está pensando en el velo blanco y el príncipe azul? ¿Todavía guarda ese romanticismo tonto en algún lugar debajo de sus planos arquitectónicos?

Valentina se gira hacia él, sus ojos brillando con lágrimas de rabia que se niega a dejar caer.

—No es un romanticismo tonto, Aleksei. Se llama integridad. Algo que usted parece haber perdido entre tantos contratos y acciones. El matrimonio es un compromiso de vida, no una cláusula de rescate.

Aleksei suelta una carcajada seca, levantándose finalmente. Camina hacia ella con una lentitud de depredador, rodeándola.

—El matrimonio por amor es la mayor mentira que la sociedad le ha vendido a los débiles para mantenerlos conformes —sentencia él, deteniéndose justo detrás de ella, su aliento rozando su nuca—. Es impractico, una tontería química que dura lo que dura la novedad. Los matrimonios que sobreviven son los que se basan en intereses comunes, en el respeto mutuo por el poder y en la lealtad de sangre. Lo que yo le ofrezco es honestidad. Un contrato claro, con fecha de caducidad y beneficios tangibles. ¿No es eso mucho más ético que jurar amor eterno sabiendo que es una falacia?

—No es ético mentirle a su familia, a su país y al mundo —rebate ella, girándose para enfrentarlo—. Es un fraude legal.

—Es supervivencia —la corta él—. Si no acepto esto, mis primos destruirán lo que mi abuelo tardó ochenta años en construir. Y usted... si no acepta esto, verá a su padre morir de un infarto por el estrés de ver su casa embargada. ¿Qué es más importante para su "ética", Valentina? ¿Su sueño infantil de una boda por amor o la vida del hombre que se lo dio todo?

Valentina aprieta los puños tan fuerte que sus uñas se clavan en sus palmas. Aleksei está tocando cada punto sensible, cada nervio expuesto. Sabe que tiene razón en la parte práctica, y eso es lo que más le duele. Se siente acorralada, vendiéndose pieza por pieza bajo la mirada azul de un hombre que no siente nada.

Él vuelve a su escritorio y toma una carpeta de cuero que Dimitri ha preparado. Es el borrador del contrato matrimonial. Lo deja caer sobre la mesa con un golpe seco.

—Aquí están los términos —dice Aleksei, su tono volviendo a ser puramente profesional—. Tres días. Le doy setenta y dos horas para que lo lea, lo consulte con su conciencia y decida si prefiere ser una mártir pobre o una emperatriz temporal con su familia a salvo. Si en tres días no hay una firma, ejecutaré la orden de cobro total. No habrá más reuniones, no habrá más prórrogas.

Valentina mira la carpeta como si fuera un nido de víboras. La toma con dedos temblorosos, sintiendo el peso de su futuro en ese puñado de hojas. Se encamina hacia la puerta, necesitando aire, necesitando escapar de la influencia magnética y opresiva de Aleksei.

Antes de que ella pueda tocar el picaporte, la voz de Aleksei la detiene. Es una voz que ya no es de negociador, sino algo mucho más crudo y distante.

—Y Valentina... una cosa más para que no haya malos entendidos sobre la naturaleza de este acuerdo.

Ella se detiene, sin girarse, con el corazón latiendo desbocado en su garganta.

No se confunda —dice él, y Valentina siente el frío de sus palabras atravesarle la espalda—. Lo que pasó esa noche fue un error placentero. Lo que pase a partir de hoy, es solo un negocio. No espere que vuelva a tocarla a menos que haya una cámara delante.

El silencio que sigue a esa frase es tan pesado que Valentina siente que el suelo se inclina. El recuerdo de esa noche, de la pasión que ella creyó que significaba algo —al menos una conexión humana—, es pisoteado por Aleksei con una crueldad deliberada. Él está levantando un muro de acero, recordándole que ella es solo una herramienta, un activo que ha comprado para un fin específico.

Valentina aprieta la carpeta contra su pecho. No responde. No le dará el placer de ver cómo sus palabras la han herido. Abre la puerta y sale al pasillo de mármol, caminando con pasos rápidos hacia el ascensor.

Al entrar en la cabina de cristal, se observa en el espejo. Su reflejo es el de una extraña. En sus manos lleva el contrato que la encadenará al hombre que acaba de humillarla, el hombre que ha convertido su noche de libertad en una cadena perpetua de seis meses.

Mira la carpeta de cuero. "Contrato de Alianza Matrimonial", reza la primera página.

Valentina cierra los ojos mientras el ascensor desciende. Sabe que no tiene tres días. Sabe que la respuesta ya está escrita en las lágrimas de su padre y en el hambre de sus trabajadores en México. Pero mientras las puertas se abren al lobby, se jura a sí misma una cosa: Aleksei Volkov puede haber comprado su nombre y su tiempo, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, volverá a tener acceso a lo que ella le entregó esa noche en el Armani.

La guerra de los Volkov ha comenzado, y Valentina Reyes acaba de ser reclutada como la reina en un tablero de hielo. Pero incluso una reina comprada puede dar un jaque mate cuando menos se lo esperan.

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