Kenny siguió corriendo, con las piernas cada vez más pesadas, hasta cruzar las puertas automáticas de cristal y salir a la entrada principal del hospital. Respiraba con dificultad, y sus ojos barrían inquietos la zona de acceso, llena de vehículos.Justo en la zona de parada, divisó la silueta de Bianca. Con la ayuda de un guardia de seguridad, acababa de ser ayudada a subir al asiento trasero de un taxi, mientras su silla de ruedas eléctrica se plegaba y guardaba en el maletero.—¡BIANCA! —gritó con todas sus fuerzas, con la voz ronca, intentando hacerse oír por encima del ruido de los motores. Corrió a toda velocidad, tratando de acortar la distancia antes de que el coche se pusiera en marcha.Dentro del taxi, el conductor, que acababa de cambiar de marcha, miró por el espejo retrovisor.—Señorita, parece que un hombre nos persigue corriendo y gritando. ¿Quiere que nos detengamos un momento?Bianca giró la cabeza instintivamente hacia la ventanilla trasera.¿Kenny?, pensó, sintiendo
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