—¿Q-qué quieres decir, Kenny? —preguntó Elly tartamudeando. Su voz temblaba violentamente por la inmensa sorpresa; su mente se quedó en blanco, incapaz de asimilar esa decisión unilateral que acababa de pronunciar. Sin responder con palabras, Kenny se acercó a ella. Con un movimiento firme pero tierno, tomó su mano derecha, que se sentía helada, y la llevó hasta la cama, entrelazando sus dedos con la mano débil de Erick. Elly dio un respingo, pero no la retiró. —A partir de hoy, te libero, Elly —dijo él, con un tono mucho más ligero, como si una carga pesada que llevaba años cargando se hubiera desvanecido—. Eres libre. Quédate con el hombre que siempre has amado de verdad… porque
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