Kenny siguió corriendo, con las piernas cada vez más pesadas, hasta cruzar las puertas automáticas de cristal y salir a la entrada principal del hospital. Respiraba con dificultad, y sus ojos barrían inquietos la zona de acceso, llena de vehículos.
Justo en la zona de parada, divisó la silueta de Bianca. Con la ayuda de un guardia de seguridad, acababa de ser ayudada a subir al asiento trasero de un taxi, mientras su silla de ruedas eléctrica se plegaba y guardaba en el maletero.
—¡BIANCA! —gri