Lila permaneció allí durante largos segundos, de pie en medio del jardín, como si el mundo a su alrededor se hubiera congelado. El vestido ceñido a su cuerpo subía y bajaba con su respiración agitada, y sus labios, todavía húmedos por el beso que Taylor le había dado, ardían con una absurda mezcla de rabia y… deseo.El aire parecía demasiado pesado para respirar con naturalidad, como si el oxígeno estuviera impregnado con el olor de Taylor: cuero, tierra mojada y algo amaderado que la mareaba. Todo en ella parecía envuelto por aquella presencia, como si él hubiera dejado su perfume grabado en su piel, en su boca, en su memoria.Dio un paso hacia atrás, tambaleándose, apoyándose en la columna de la pérgola cubierta de glicinas. La flor desprendía un aroma suave, dulce y delicado, el opuesto exacto de lo que acababa de sucederle. Aquello no tenía nada de delicado. Taylor la había besado como si la poseyera. Como si supiera exactamente cómo alcanzarla en su punto más vulnerable. Como si
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