Madison El resto del paseo fue como un sueño del que no quería despertar. Ver a Brandon observar el mundo desde el refugio del coche, con esa curiosidad casi infantil, me devolvió una vitalidad que creía muerta. Nos detuvimos en una heladería artesanal y Arthur, el chofer, bajó a comprarnos dos copas grandes de chocolate y vainilla. Comimos en el asiento trasero, riendo. Por un momento, el peso del contrato, las deudas de mi padre y las sombras del ático desaparecieron. —Hacía años que no probaba algo así —comentó Brandon, con una mancha de helado en el labio que esta vez no me apresuré a limpiar, solo para disfrutar de su sonrisa relajada—. Gracias por obligarme a salir, Madison. —Gracias a ti por confiar en mí —respondí, sintiendo un calor dulce en el pecho. Sin embargo, la burbuja estalló en cuanto el coche entró de nuevo en el garaje privado de la torre. Subimos el ascensor todavía compartiendo bromas privadas, pero al abrirse las puertas del ático, la atmósfera cambió de
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