En su pequeña oficina de la planta baja, Alan se frotó las sienes con fuerza, intentando masajear la tensión que se le acumulaba en la frente. Se obligó a sentarse frente al monitor, intentando concentrarse en la interminable fila de correos corporativos que requerían su atención urgente, pero fue un esfuerzo completamente inútil. La imagen de Bianca, radiante con su vestido corto, y el eco de su risa limpia y contagiosa flotando por los pasillos de la mansión, simplemente no se le borraban de la mente. Se sentía ridículo, patético incluso. Él era un hombre pragmático, un profesional meticuloso que había escalado posiciones en el competitivo mundo corporativo a base de pura disciplina, noches en vela y un expediente impecable. Un hombre que todavía arrastraba deudas de la universidad que le tomaría una vida entera pagar con un sueldo común y que vivía en un modesto departamento en los suburbios. No podía permitirse el lujo de enamorarse, y mucho menos de la mujer que estaba destinada
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