Murad entró al palacio como una tormenta imposible de detener.Las enormes puertas dobles del majlis se abrieron de golpe, golpeando contra las paredes de mármol y rompiendo la tranquilidad que reinaba en el interior.Los empleados reales quedaron paralizados.Nadie se atrevía a detenerlo.No porque no tuvieran autoridad para hacerlo, sino porque la expresión en el rostro del joven Al-Sabah dejaba claro que aquel no era un hombre que hubiera llegado para conversar.Había dolor. Había furia.Y sobre todo, había una necesidad desesperada de defender a la persona que más amaba.Dentro del majlis, los hombres de la familia Al Qasimi descansaban sobre los elegantes divanes de cuero, rodeados por consejeros y familiares cercanos.Apenas unos minutos antes, aquel lugar estaba lleno de calma y seguridad.Adnan conversaba con su padre, Hamdan, revisando los últimos detalles de la boda.Ambos sonreían.Hablaban de la unión entre dos grandes familias.Del futuro. Del prestigio. De cómo aquella bo
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