Murad entró al palacio como una tormenta imposible de detener.
Las enormes puertas dobles del majlis se abrieron de golpe, golpeando contra las paredes de mármol y rompiendo la tranquilidad que reinaba en el interior.
Los empleados reales quedaron paralizados.
Nadie se atrevía a detenerlo.
No porque no tuvieran autoridad para hacerlo, sino porque la expresión en el rostro del joven Al-Sabah dejaba claro que aquel no era un hombre que hubiera llegado para conversar.
Había dolor. Había furia.
Y so