MARCOSLe digo que quedemos en un café en Fuencarral.No el despacho. No su piso. No el mío. Un sitio que no sea de ninguno. Donde la historia entre nosotros no ocupe la mesa antes de que abramos la boca.Elena llega puntual. Pide un café con azúcar sin preguntarme. Se sienta. Me mira por encima del borde de la taza.«Dime.»Sin cómo estás. Sin rodeos. Recta al centro, como siempre.Le cuento.Hace tres años, cuando me metí a buscar el origen de Víctor en serio, no los papeles de superficie, el principio de verdad, encontré algo que no esperaba.El padre de Elena fue el primer abogado de Víctor Aldana.No uno más. El primero. El que estuvo cuando Víctor todavía no era Víctor, solo un tío joven con ideas y sin freno y el don de encontrar a la persona correcta en el minuto correcto.Antonio Vargas le montó la primera estructura. Contratos. Sociedades pantalla. Las herramientas para que creciera algo que entonces nadie podía probar que olía mal.Diez años fue leal.Y después quiso salir.
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