ELENABajo en el ascensor con esos mensajes todavía ardiéndome detrás de los ojos.Hace tres años. El primero. Sofía llevaba dos meses en este despacho cuando escribió: Ya está dentro.Las puertas se abren en la séptima con un ding que me suena a disparo.Sofía está en su mesa.Levanta la vista. Sonríe. La misma de siempre. Rápida, limpia, la de qué bien que hayas llegado. A mí se me congela medio milímetro de cara antes de devolverla.«Buenos días», dice. «¿Ya estás mejor?»«Sí.» Dejo el bolso en mi silla. El cuero golpea la madera. «¿Tienes el informe de Montero?»«Te lo mando ahora.»Teclea. Click, click, click. Normal. Todo normal. Insoportablemente normal.Abro el portátil. La pantalla me devuelve la cara. Tengo ojeras que no tenía ayer. Trabajo.Trabajo porque si paro, pienso. Si pienso, veo a Sofía a cuatro metros escribiendo sobre mí. Si la veo, tengo que hacer algo. Y aún no sé qué.A las doce vibra el móvil. Marcos.Me levanto. El pasillo está vacío. Huele a ambi
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