AMELIALa luz suave de la mañana comenzó a filtrarse lentamente por las persianas de la habitación del hospital, tiñendo el lugar de un tono cálido y pacífico.Lo primero que escuché al despertar no fueron los monitores ni el ajetreo del pasillo. Fue la voz de Aaron, le hablaba muy bajito al bebé, un murmullo continuo, grave y profundo, cargado de una ternura que nunca le había escuchado a nadie. No alcanzaba a entender las palabras exactas, pero la vibración de su tono llenaba todo el cuarto de una paz absoluta.Abrí los ojos despacio, estaba de pie junto a la cuna transparente, inclinado con cuidado, sosteniendo el dedo diminuto de nuestro hijo entre su mano grande. Me quedé observándolos unos segundos en silencio, con el corazón apretado por una emoción inmensa. Jamás en la vida imaginé despertar y encontrarme con una estampa así; el hombre que antes parecía impenetrable ahora pertenece por completo a ese niño.Aaron notó que me había movido, se giró despacio, me regaló una sonrisa
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