El rugido de los motores de la camioneta blindada cesó de golpe al cruzar el último puesto de control de los campamentos del norte. La polvareda que habíamos levantado durante horas de viaje forzado comenzó a asentarse sobre el suelo pedregoso de la frontera, revelando el imponente asentamiento de la familia de Layla. Mis ojos de obsidiana barrieron el lugar de inmediato, buscando los signos lógicos del desastre que el general Malik me había anunciado en el palacio. Busqué las columnas de humo