83. Es cortesía
Clara El amanecer en Chicago entra sin pedir permiso por el gran ventanal de la suite auxiliar. Mis ojos se abren de golpe antes de que el sol termine de despuntar en el horizonte. No he dormido casi nada. Me he pasado la noche entera dando vueltas en esta cama que, aunque es la secundaria de la suite de Dante, sigue siendo tres veces más grande que el catre en el que suelo dormir en el subsuelo del hotel. Me incorporo lentamente, sintiendo el peso de la realidad caer sobre mis hombros. Miro a mi alrededor. La habitación está impecable, silenciosa. Me levanto y camino hacia el armario donde anoche dejé las bolsas de la boutique. Elijo un suéter ligero de color beige y unos pantalones oscuros, de corte impecable, que Daniel se encargó de comprar para mí. Al mirarme al espejo mientras me abotono el pantalón, siento una extraña desconexión. La ropa es suave, costosa, se adapta a mi cuerpo como si me conociera de toda la vida, pero sigo sintiéndome como una intrusa. Me paso
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