57. No necesito una niñera
Maximiliano Mi padre me mira con los ojos entrecerrados, analizando la audacia de mi tono. En ese preciso instante, un mesero de chaqueta blanca interrumpe el reservado con una reverencia, rompiendo la tensión del aire. Pregunta si estamos listos para ordenar las bebidas y las entradas.—Tráiganos una botella de su mejor champaña Dom Pérignon, por favor —ordena mi padre al mesero, sin quitarme los ojos de encima—. Y para las entradas, el foie gras tradicional para todos.El hombre asiente, toma las notas correspondientes y se aleja a toda prisa, dejándonos nuevamente sumergidos en la penumbra del reservado.En cuanto el empleado dobla el pasillo, mi padre se inclina hacia el frente, apoyando las manos firmes sobre el mantel blanco.—Creo que sabes perfectamente de qué va esta cena, Maximiliano —me dice, y su barítono pierde cualquier barniz de cortesía, volviéndose duro, autoritario.Siento que el pulso se me acelera en las muñecas, pero mantengo la fachada de indiferencia. Sé perfe
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