56. El patriarca
Maximiliano
El segundero de mi reloj avanza con una lentitud exasperante mientras el Mercedes negro avanza por las avenidas congestionadas del centro de Chicago.
Observo las luces de los rascacielos difuminarse a través del cristal empañado por la llovizna helada. Llevo las manos firmes sobre el volante, apretando el cuero con una fijeza que delata la tormenta silenciosa que me ruge en las entrañas.
Todavía tengo el eco de la voz de mi padre taladrándome la cabeza.
Cuando su asistente me lla