La biblioteca era exactamente como la recordaba.
Alta. Silenciosa. Inmensa.
Las estanterías llegaban casi hasta el techo y el olor a papel envejecido seguía flotando en el aire. Durante un instante sentí que había viajado cinco años hacia atrás.
Solo que esta vez llevaba a mi hijo de la mano.
—¡Piratas! —exclamó Cael.
Ciro llevó a Cael a la sección de libros infantiles. El niño cogió uno de piratas, con ilustraciones de barcos y tesoros, y se sentó a la mesa con él. Aún no sabía leer, pero eso