Me desperté desorientada.
Durante unos segundos no supe dónde estaba. Miré el techo, las cortinas, los muebles antiguos. Entonces recordé.
La mansión.
Había vuelto.
El peso de aquella realidad cayó sobre mí de golpe.
Me incorporé en la cama y miré el reloj de la mesilla.
Era temprano.
Lo primero que hice fue ir a la habitación de Cael.
Abrí la puerta.
La cama estaba vacía. Las sábanas revueltas. Pero el niño no estaba.
—¿Cael?
Enté rápidamente.
Nada.
Ni rastro de él.
Bajé las escaleras a toda p