El convoy de vehículos negros abandonó el lujoso hotel en absoluto silencio, dejando atrás a los futuros padres, uno furioso y la otra humillada. Dentro del automóvil principal, el Pakhan Romanov, observaba la ciudad a través del cristal polarizado. A su lado viajaba su mano derecha, un hombre que llevaba más de treinta años sirviendo a la familia, y que conocía el carácter del hombre maduro mejor que nadie. — No imaginé que el doctor Yuri fuera a reaccionar de esa manera, — Comentó el rudo mafioso de tatuajes en las manos y en muchas partes del cuerpo. El Pakhan cerró los ojos unos instantes. — Mi hijo nunca quiso cargar con el apellido Romanov. Siempre ha detestado nuestra mafia, no quiere esta vida, mucho menos un heredero. — Pakhan, ¿Cree que cambiará de opinión cuando nazca el niño, o la niña? — No lo sé. — El anciano suspiró con pesadez. —Pero ese bebé es mi sangre, y mientras yo respire, nadie le hará daño. Ni siquiera sus propios padres, de eso me encargo yo.
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